Justificación

Autor: Luis Miguel Miñarro López

Como afirma el profesor López Melero (2018), el aprendizaje, los aprendizajes son, a la vez, una actividad social y cultural. Es decir, se producen en un determinado contexto cultural y como un fenómeno complejo que puede tener más éxito en la medida que lo propongamos contando con su carácter social, cooperativo, solidario e inclusivo. No olvidemos que, desde el punto de vista antropológico, la supervivencia del ser humano como especie, incluso su éxito, se ha basado en esta dimensión social. En consecuencia, estaremos hablando de aprendizaje colaborativo y situado en un contexto real, superador del contexto de aprendizaje del aula que resulta inevitablemente artificial, sesgado y limitante.

Es esta visión limitadora, centrada exclusivamente en el aula, que no reconoce las oportunidades que ofrece la educación en contextos no formales e informales, es la que en demasiadas ocasiones se desentiende de un principio básico para la educación, en particular; para la convivencia, en sentido amplio: el principio de la confianza, que viene a reconocer que toda persona tiene capacidad para aprender, para relacionarse; con independencia de sus características cognitivas, comunicativas, afectivas, de movilidad, etc.

Es a partir de aquí cuando entra en juego el concepto de diversidad al mismo tiempo que se activan nuestros mecanismos para reconocerla, comprenderla y gestionarla. De este modo, podemos posicionarnos, ya sea inconsciente o interesadamente, del lado de la exclusión, con la excusa de la excelencia; del lado de la inclusión, en clave de equidad.

Por otra parte, la neurociencia está proporcionando evidencias que afianzan postulados pedagógicos que ya venían señalando que aprendizaje no es sólo Cognición sino que hay que añadir Emoción para que los aprendizajes sean profundos, significativos, relevantes, trascendentes, transferibles; que sirvan para comprender mejor la realidad en la que vivimos e incluso nos proporcione claves y herramientas para poder transformarla y mejorarla, desde el compromiso y la solidaridad.

Estamos hablando de competencia/inteligencia emocional, pero también de competencia comunicativa intercultural que aquí debe ser entendida de forma más amplia, como marco para poder disponer de una visión más enriquecida de la diversidad cultural y sus referentes, para poder generar actitudes empáticas y alejarnos de posiciones y relaciones basadas en la desigualdad. Por todo ello, esta propuesta didáctica procura atender a las siguientes premisas:

  1. Acercamiento a una tradición cultural que nos puede resultar lejana, buscando puentes para la mediación cultural; superando visiones limitadas, limitantes, etnocéntricas.
  2. Propone actividades y ofrece recursos para el desarrollo de proyectos cooperativos, transversales, multidisciplinares; tanto entre profesionales de un mismo centro educativo como entre centros educativos de distintos países; superando visiones y prácticas individuales, locales.
  3. Aborda un conjunto de principios y valores éticos que pueden ser compartidos con carácter universal y para cualquier proyecto de sociedad o comunidad: como son la paz, las sostenibilidad de nuestro planeta o los derechos de las personas, especialmente de aquellas que son más vulnerables.
  4. Explica que el derecho a convivir, a conocer y a aprender no puede estar condicionado por obstáculos o barreras que condicionen la accesibilidad de las personas en función de sus distintas capacidades.
  5. Sugiere oportunidades para generar empatía, curiosidad, respeto y ofrece posibilidades para enseñar a gestionar situaciones ambiguas y la incertidumbre, desde la perspectiva de las emociones y los afectos.
  6. Explora las posibilidades educativas en contextos no formales e informales que enriquecen y complementan las acciones de la educación formal.

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